César Jaramillo.
¿Podemos medir en un solo artículo la versatilidad de un periodista?
¿Acaso una simple línea publicada en un periódico nos puede acercar a la realidad que enfrenta cada personaje en el momento preciso de trabajar con pluma y tintero?
Aquí la discusión se alimenta del desierto panorama que se cataloga así mismo como erudito.
La inspiración es algo tan incierto como mágico, y un golpe de suerte no puede ser clasificado como un completo abanico de magistralidad y pensamiento.
Pero hay genialidades que se presentan a los ojos de los mortales como espadas de palabras elaboradas en silencio, para decapitar conciencias corroídas por corruptos ideales. Así mismo, encaminan su rumbo por un recuento poético de nuestro propio entorno callado y accidentado.
Cuando Pascual Gaviria aborda temas tan diversos como sociales y culturales, se sumerge en un relato que envuelve al lector y le dibuja un escenario repleto de experiencias donde todo posee relevancia y hace parte de un orden predispuesto. Probablemente me podría centrar en sus problemas recientes con el Ex candidato a la alcaldía de Medellín, el honorable Luís Pérez. O quizá podría dar vueltas y vueltas en el tema que tanto le salpica, el de las turbias jugadas de su padre. De todas formas, lo segundo no me consta y lo primero ya se ha paseado muchas veces por charlas de cafetería y programitas de chismecito caliente.
Es mejor prestar singular atención a sus escritos dedicados a la cotidianidad y al constante ajetreo del ser humano promedio. Sus múltiples trabajos, siendo algunos de corte político, siendo otros de corte literario, nos presentan a un personaje que se deleita con lo mundano, pero que se compromete con el periodismo constructivo, procesado y digerido cual bocado del más exquisito manjar.
Si usamos palillos de dientes, tratando de concretar, es por que descendemos de culturas más prácticas, o para tal fin, más entregadas a la necesidad que al oficio. Cuando en SOHO se le pidió que confesara un crimen o delito del cual no se avergonzaba, sacó su estandarte de madera y defendió sin rigores la costumbre de elevados y reducidos.“Poco a poco se fue desvaneciendo mi pudor frente al uso del mondadientes. No tenía sentido esconder un placentero hábito de aseo simplemente porque a los quisquillosos manuales de urbanidad y a los burgueses asquientos les produce inquietudes y malestares.” La presuntuosidad del escritor se reduce a su condición de persona dotada con la más diáfana razón divina, se cuestiona y cuestiona hasta las premisas y los cimientos de una doble moral poco convincente, pero en mucho perniciosa.
Concluye su artículo con el toque esencial de un remate directo, aunque sin abandonar su causa en defensa de los desposeídos y damnificados por la elegancia: “Que se callen entonces los malditos manuales de etiqueta y que miren para el cielo los pacatos, porque cuando hurgo mis dientes con mi delicada pieza, sea una hierba o un marfil, puedo ser un educado hombre prehistórico o un monarca de peluca.”
En otra de sus disertaciones, los bien conocidos alcances de las telenovelas no sólo se quedan en las lágrimas perdidas por un padre millonario o un novio con Ferrari. El desgaste que se le aplica inclementemente a las penas se reduce a un matrimonio avisado y a besos que nunca terminan en nada, por que el amor es prohibido siempre. Dice nuestro compadre Pascual: “Dos capítulos al comienzo y dos al final bastarán para saberlo todo, incluso, uno puede privarse de la novela completa y seguir su trama en las conversaciones obligadas que saltan entre vecinos, amigos y parentela. Así que para qué tomarse el arduo trabajo de ver lo que nos llegará vía ósmosis, sin necesidad de recorrer un camino culebrón.”
Y ulteriormente ejecuta el pasado oráculo de la belleza que fluye en los cándidos rostros de las féminas Chibchas: “Habrá quien diga que las novelas tienen el encanto de mostrar a las divas locales en acción. Cosa que hay que desmentir de plano, porque la verdadera acción de las divas está más en los reinados, los catálogos, las portadas y el voyeurismo a la vida real. Prefiero a Carolina Gómez mostrando algún pliegue oscuro en una revista que llorando para los ojos de un detective criollo, y Amada Rosa está mejor vendiendo tangas que desvelando cachacos.” Ni medio espasmo de morbo para acribillar el trato habitual y la pleitesía que se rinde a las novelitas.
La actual dedicación se haya encaminada a popularizar su revista virtual, llamada rabodeají, en honor a la serpiente que a pesar de ser extremadamente peligrosa, también cuenta con la facultad envidiable de la prudencia. Dando un recorrido se tiene acceso al humor literario de un equipo de trabajo encabezado por el mismo Pascual, así como manifiestos y fragmentos que componen una importante fracción del archivo crítico de la ciudad.
Es preciso, sin dejar al lado la opinión y la participación, abrir el espacio significativo que bien se ha ganado la literatura y la narración salerosa, nunca dejando a un lado la contigua reflexión. La compañía de la caricatura no puede envidiarle nada a la retórica de la contemporaneidad, o de la que se hace llamar con aires de payaso, súper globalización.
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Cuando te enfrentas a una persona de renombre con argumentos válidos que te dan seguridad y confianza, sólo puedes esperar recibir una cuota mínima de prestigio, o por el contrario, una anunciada retaliación por parte del poder al que has ofendido. Si a Pascual le afectó como columnista el incidente ocurrido con Luís Pérez, es algo que desconozco por completo. Lo esencial es que evidenció una situación que, sin ser la más notable de su campaña improvisada y especulada, sí debería ser discutida a fondo. En caso de ser alcalde, sería necesario callar muchas voces que no han decidido creer en un plan basado en simples argucias.
El que se le haya silenciado durante épocas electorales, simplemente dio fuerza a sus palabras de periodista que puede alardear de haber sido pisoteado, al tiempo que no pudo estancar la labor de un hombre que se pronuncia, ya sea con mordaz trayecto de frases o simplemente con descripciones económicas pero precisas de un paisaje presente en cada vida y calle. Cuando El Colombiano no quiso publicar el artículo que relata la diligencia legal afrontada por encasillar a Luís Pérez, aparecieron al instante otros medios que decidieron hacerlo, para dar fin al tráfico de influencias que nos dan de desayuno los periódicos Nacionales.
Un ejemplo claro de un sinsentido que deja ese sabor amargo en la boca. Aún es necesario buscar los espacios para expresar la inconformidad que no se refugia en apellidos o fortunas mal habidas.
Recalco mi admiración por el estilo cáustico que representa a un hombre totalmente comprometido con su labor, ya que deseo encaminar mis pasos por la senda del periodismo reacio a aceptar palabras insulsas de ostentosos mandamás o estudiados, que dan fe de una patria atiborrada de proselitismo y demagogia barata. De la penosa diligencia queda para la memoria el testimonio de la verdad que no se amedrenta por poderes o estrados de marfil y arena: “Tocará incluir un nuevo adjetivo para el compungido candidato. Resultó cínico, además de todo. No me puedo retractar porque guarde con celo una memoria de su amplia colección de pifias. Por acción, por omisión, por descuido, por gusto. Es mi opinión como ciudadano sometido a los poderes del gobernante y creo que tener una opinión sobre un político es un derecho elemental.”
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A ver. Tema y tratamiento llamativos. Interesantes. Que aseguran de alguna forma la lectura.
Columnista bien escogido desde el punto de vista de su caudal polémico.
Buenos comentarios al final, oportunos. Escritura que se sale de lo corriente, elaborada aunque requiera una segunda mirada para trabajarla un poco.
Pero es necesario que como escritor de opinión –y no me refiero a sus pretensiones literarias, que bien puede tenerlas- tenga en cuenta al lector. Es decir, la escritura puede ser elaborada, rica en adjetivos, irónica, dura, maliciosa, pero clara. Hay expresiones suyas que parecen decirlo todo, de manera incomprensible, o no decir nada.
Le sugiero, amigablemente, que relea sus cosas. Que las guarde un día y las mire al siguiente, para que tenga una segunda oportunidad y las edite un poco, las transforme con ese ojo nuevo que proporciona el tiempo.
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