Tuesday, January 29, 2008

Hablar en público

María Elena Durango

No es más que una maroma de moda. El que tenga labia, que la eche; el que no, que se la trague.
Políticos, escritores, periodistas, científicos, educadores y demás rufianes, sólo se reducen al uso de la palabra para conformar un discurso que encante hasta a las serpientes. Bien lo dice Nick Morgan en “Presentaciones que persuaden y motivan”, producción del Harvard Business School en el 2004: “Hay tres categorías de discursos que requieren precisión: cerrar una venta importante, lanzar un esfuerzo de cambio, persuadir a la junta de que apruebe una nueva inversión arriesgada”. ¿Y por qué lo cito?, porque en la actualidad todo es Business, desde la educación, pasando por el sexo y terminando en la disertación política.

El mismo autor en un intento de precisión educativa, un poco más adelante en su texto, indica cómo conseguir que incluso los discursos más flojos resulten geniales: “teniendo en cuenta que en la atmósfera retórica informal actual, la oratoria tradicional desde el estrado ya no resulta adecuada”.

¿Qué tal? Ya no hay demostraciones magistrales de un punto de vista, de una hipótesis genial (A razón de que ya no existen), de un hallazgo extraordinario. El desarrollo de la retórica –como dice F. Nietzsche en “El libro del filósofo”, Curso de Retórica- constituye una de las diferencias específicas entre antiguos y modernos.

Es por eso que, por ejemplo, si Presidente Hugo Chávez se presentara ante el púlpito del Ágora griega, se obtendría el fin de un ladrido de perro que muerde sólo para que lo vean. Nadie se quedaría callado, ni un Álvaro Uribe, ni un Sarkozy, ni mucho menos, el cuerpo de periodistas del país… Los argumentos netamente autoritarios infundados y la historia mal usada quedarían al descubierto.

Y no es que esté en contra de mandatarios que sepan aprovechar los recursos naturales de su país y los arrebate de las manos de extranjeros aprovechados, tampoco de personas que deseen la unión de los países más pobres y sometidos de nuestro continente. Es que no hay derecho que los pueblos estemos tan apartados de aquel sitio de debate público sano, real, verdadero, donde nadie maneja a nadie, sino que existen oradores lúcidos que utilizan la dialéctica para tener sus conceptos lo suficientemente claros como para exponerlos a los demás.

Los facilitadores para hacernos saber las realidades sociales, los medios de comunicación, son los mismos que desvían la llegada del mensaje real y claro. Al estar tan contaminados por una tendencia política o por un mecenas ajeno a la necesidad de veracidad, entregan al público mudo una sarta de “realidades” que son puro trabajo de percepción no verosímil, por parte de un puñado de hombres iguales a usted o a mí, que quieren manipular sus pensamientos.

No hay una verdadera instrucción. Usted mismo lo puede percibir: pregúntele a su mejor amigo o a su vecino si sabe a ciencia cierta cuál es la receta de la Coca-Cola, si entiende las ocupaciones del Pentágono y si el Vaticano tiene segundo piso. Seguro que habrá expertos en cada materia que hayan visto con sus propios ojos y escuchado con sus propios oídos la respuesta a preguntas tan sencillas como estas. Pero ninguno tendrá certeza sobre lo que le diga, pues en tanto que vamos creciendo como habitantes de esta tierra, forjadores de una “Aldea global”, es cuanto las mentiras y argucias de personajes influyentes nos van tejiendo historias fascinantes sobre lo que no existe.

Es así pues, como navegamos en un mar de páginas escritas a mano, con intención pero “a la carrera”, sin convicción.
Y lo peor, es que esas historias nos gustan…
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Buen texto. A veces siento que digo lo mismo cuando comienzo a escribir sobre trabajos de los estudiantes, pero aún así sigo creyendo que es preciso. Y que va al grano. Lo repito, entonces; su texto es bueno, directo, duro, crítico y está bien escrito.
Este es el tono de una escritura de opinión contemporánea, que llame la atención de los lectores, que se plantee en serio y que ofrezca puntos de vista polémicos.

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