Monday, December 10, 2007

En el medio de todos, en el centro de nada

Cësar Jaramillo

“¿Reflejan los medios la realidad del mundo?”
De Ryszard Kapuscinski

“Es fácil hablar claro
Cuando no va a decirse toda la verdad.”
Rabindranath Tagore


Cuando tuvimos la desgracia de presenciar lo acontecido en Venezuela, también repetimos postre, al corroborar la parquedad del mundo frente a un suceso de magnitudes colosales. Un canal ve el ocaso de su labor por gusto o disgusto de un presidente que levanta polvo cada día, mientras la comunidad internacional considera suficiente esfuerzo mandar un par de cartas de reproche y listo. Nos detenemos, espabilamos un segundo, y comprobamos que la libertad de expresión es tan hermosa como utópica, siendo una molestia general para todo modelo político. El comunismo, por su corte homogeneizador, no permite ninguna exteriorización de inconformismo, mientras que el capitalismo lo reprime con hambre. ¿Otros? La incompetencia es contagiosa.

Ahora bien, la relación entre esta supuesta libertad que tan demacrada permanece, y lo que el público desea recibir de los medios que soporta, es más de total indeterminación. El común no se interesa por escuchar opinión, si esta no se ha maquillado un poco con ficción o no está acompañada por un repertorio de nombres llamativos. Claudita, el primo Rafa, el tío de Carlitos y la novia de Pacho que llegó de Europa, todos ellos nos recuerdan una familia de juguete, unos adornos decembrinos diseñados para estar con cara alegre y el cerebro en trámite.

Nuestro devenir se ha convertido paulatinamente en una película de fantasmas y espectros que no se encuentran en un plano definido, alimentados por los medios que se han dedicado a vender ideales de vida, modelos de existencia efímeros, pero a fin de cuentas, exigidos por el auditorio.

Indagando sobre autores y obras más vendidas en librerías concurridas, estaremos en condición de juzgar el mundo desde la óptica de personajes como Deepak Chopra o Walter Riso. Es preciso tener a nuestro lado las leyes espirituales del éxito o una vaca confusa pero culpable, para que nos alcancemos a querer un poquito y tengamos fe en la caricatura que podemos llegar a ser. La esperanza democrática ha sucumbido a los placeres mundanos, al tiempo que volvemos a Roma, al pan lleno de hongos y a un circo donde el enano se nos creció.

Un ejemplo clave en el momento de plantear el problema de consumo y lo que se ofrece de acuerdo al nivel de las exigencias: La popularización entre cierto grupo de personas, la gran mayoría de ellos, jóvenes (Casi todos metro sexuales y plásticos electrónicos), de prendas de vestir con símbolos tan particulares como la “SS” o el águila imperial. Supongo que ni siquiera sospechan el macabro significado de semejante iconografía. Las atrocidades humanas que han sido cometidas por aquellos que se hicieron llamar Shutzstaffel, los horrores que perpetraron y el dolor que han inflingido, ahora hacen parte del completo abanico que presenta la moda para su colección Otoño-Invierno.

¿Para qué razonar a cerca de nuestros hábitos, si seremos juzgados de retrógrados y anquilosados pensadores que avanzan hacia los museos?
¿Cómo reflexionar en torno a la opinión, si son los mismos de siempre, los escuetos hombrecillos que se han apartado de las salas de redacción con piso de mármol importado y pasillos presidenciales, los que nos gritan que estamos dejando que todo pase? ¿Cómo expresarnos, si la discusión sólo será transmitida en horario vespertino, para que el prime time sea bien aprovechado por las virreinas para decirnos donde se emborracha Shakira?

Aún así, entre nubes oscuras, la bella durmiente quiere despertar.

Es ahí donde radica el valor de Kapuscinski, en abrir un diálogo que muy probablemente sólo tenga como función desengañarnos de un oficio que se cree imponente, poderoso, y lo peor de todo, omnipresente. La mentira diseñada por el poder sólo genera producción de prensa en masa para cubrir los detalles más exiguos de la vida pública, los pusilánimes que se desplazan por la mirada impotente de la gente que pide más, más, más.

Entonces nos sorprendemos cuando, luego de pasar por una academia y creernos los pensadores modelo, que se pueden sentar con las piernas cruzadas y las manos en posición defensiva con talante inquisidor, somos enviados a cubrir el reinado a preguntarle a la señorita valle si su novio es ingeniero o arquitecto. Aún más preocupante es la actitud de todo aquel que se ve sometido a semejante oprobio, llegando al punto de afirmar con cierto sarcasmo “Por lo menos voy para Cartagena”.

No es que no existan medios dispuestos a investigar, levantar piedras, preguntar y cuestionar. Por el contrario, es tan alta la cantidad que llegan incluso a pasar desapercibidos. Lo que sucede es que a nadie parece interesarle, y llega el debacle de la comunicación, el desinterés por los sucesos evidentes de la realidad y la ausencia de herramientas efectivas para enfrentar los hechos con determinación, pero ante todo, con argumentos. Se observa el mundo desde un balcón reducido, y tememos a saltar. Las cadenas son tan deslumbrantes que provoca estar aferrado a ellas eternamente. La libertad sólo posee un contra, el peligro que representa si se usa como un barco preso en el naufragio del deseo. ¿Aprender cuándo, de quién, si estamos en medio de todos y en el centro de la nada?

Este es el desafío, la transformación elemental de nuestros deberes que ahora nos exigen utilizar la libertad para liberar, pero teniendo siempre presente que todo canal del lenguaje es de doble filo. Ser autócrata para expresar, nunca debe conducir a actos irresponsables que no consientan asimilar las consecuencias. Por ser un derecho, acarrea un peso que sólo puede ser calculado a la luz de los efectos que conlleva. Retomar a Kapuscinski significa debatir por enésima vez las causas del problema, sin dejar las conclusiones en un acta de compromiso y un “cocktail” protocolario. De actos representativos está cansada la humanidad. Muestra de sapiencia es dar importancia a lo que de verdad se la merece, sin dar relevancia a la repercusión que ello pueda tener en cifras de consumo.

Es posible avanzar, es posible gestar un cambio, es posible recobrar la esperanza que no se ha perdido por completo, es posible, en medio de todo, retomar el norte para centrar la atención en lo que a todos incumbe. Dejemos por un momento tanto reality, tanta moda vacía, tanta pasión por la vida de quienes se alimentan de prestigio, abandonemos la monarquía y la diplomacia engañosa a su suerte y démosle vida una vez más a los medios dedicados a la razón, no a la clase.

¿Utópico? Siempre lo ha sido. Pero hay tres clases de personas. Los que dejan que todo pase, los que se asombran cuando algo pasa, y los que hacen que las cosas pasen. Es un buen momento para definir en que grupo queremos estar…


"Encuentro la televisión muy educativa.
Cada vez que alguien la enciende,
Me retiro a otra habitación y leo un libro"
Groucho Marx