Julián David Arenas
Gracias a la tesis que argumentan en el libro “El secreto”, por cierto, muy de moda entre el comercio pirata del país, disponible ahora en DVD, donde nos invitan a mandarle mensajes positivos al universo, a que visualicemos todo lo que soñamos y queremos ser para obtenerlo como respuesta en algún momento de nuestra vida, o sea, todo lo que canalicemos como fuerza mental, será retribuido cuando menos lo esperamos. Por esto, desde que comencé a escribir mis primeras cartas de amor en la pubertad y siempre resultaban ser un escape ante una crisis existencial que librábamos muchos al crecer como una generación reprimida, donde soñábamos con libertad sexual y de culto, irreverencia ante la autoridad, vestimenta no comercial, música protesta y toda clase de costumbres relacionadas con dicha corriente, por lo tanto, aquellas supuestas cartas de amor, sólo servían para manifestar lo triste y duro que era crecer sin ser alguien importante en este país destrozado por una guerra que por ese entonces era absurda para nuestra miope mirada.
Gracias a ese cúmulo de energía, a ese grupo de mensajes que por el momento se tornaban impositivos y pesimistas frente a una realidad que veía injusta y hostil, en el momento cumbre de la generación “underground” en la ciudad, específicamente cuando pertenecía a la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas, donde estudiaba Trabajo Social, en un corredor de la U. de A. llamado “Tronquitos”, un grupo de compañeros se encontraba compartiendo textos de una corriente ideológica anti-capitalista, fue cuando me di cuenta que tal vez el universo en ese momento me había enviado una respuesta que congeniaría totalmente con mis expectativas, un escrito con la carga de irreverencia, tono despreocupado, agresivo, complejo, tirano y sin estructurar el discurso decentemente para simplemente mantener una imagen de predicador impecable, moralista y disfrazado, fue cuando la revolución escrita a cargo de Antonio Caballero, me otorgó la esperanza de que se podía hacer algo diferente en dicho oficio y sobrevivir.
Por aquella época, en 1999, mientras yo soñaba con llegar a ser un periodista que no le temiera a escribir artículos que estuvieran en contra del sistema, Antonio se ganaba el Premio Nacional de Periodismo Planeta con “No es por aguar la fiesta”, libro que recoge sus principales notas políticas publicadas en la década de los noventa, reto que tal vez se me escaparía al adquirir respeto no sólo por un premio, también al enterarme de que había pasado su infancia entre España, Francia y Colombia, lo cual le otorgaba más peso a su visión global e histórica de nuestro país, aunque no me encontraba derrotado por esto que reconocí finalmente como algo trivial, ya que no se necesita vivir en el extranjero ni algo por estilo para darnos cuenta de la gravedad del asunto por el que atraviesa nuestra nación, mejor, para saber la serie de acontecimientos desafortunados con los que ha sido engendrado nuestro territorio desde que los Españoles llegaron a violentarnos e introducirnos la peor de las herencias y costumbres del mundo occidental.
Recuerdo que luego del suceso que cambió el curso de la historia contemporánea, que lo denominaron como el 9/11, fue invitado a una entrevista televisiva donde manifestó dura y claramente cuáles eran las razones por las que algunos grupos denominados “terroristas” del medio oriente, tenían resentimientos especiales frente al pueblo norteamericano; aseverando que “el rencor no es contra el pueblo de Estados Unidos, es en contra de sus gobernantes y sus estatutos internacionales, sus tramas políticas”, frases que sólo podía expresar un Caballero de su talla, de la misma forma en que lo expresó una tarde que se presentó en el totalmente colmado y sin espacio a la hora de su intervención, Teatro Comandante Camilo Torres del Alma Máter; de la misma manera como lo ha manifestado desde que creó la revista Alternativa, en una época donde se radicó en Colombia y permitía que “las ideas revolucionarias y de izquierda se plasmaran, se unificaran y dejaran de matarse entre ellos mismos”.
Con esta noción, me apasionaba por conocer datos que me involucraran con la vida de quien se ha convertido en mi guía para la redacción de textos de opinión, aquel que con su influencia narrativa, logró que cuando me cambiara para el ahora extinguido programa de Comunicación Social – Periodismo, fuera tildado por el profesor de literatura como “activista”, el que con sus poderes argumentativos exagerados para algunos, lograra que la maestra de Composición Española se escandalizara con mi “lluvia de ideas provocadoras y sin sentido”, el mismo que me hizo comprender, que en nuestro país, sobre todo, para el momento de ejercer el oficio de periodista, se tiene que ser amigo o familiar de los dueños de un medio para ganarse un nombre y ejercer, sin importar lo malo que sea; aquel, que con su juego de palabras me condujo a emprender una lucha taquigráfica ante una materia que llegué a repudiar hasta su segundo nivel.
Su estilo sin par es tradicional y particular, de la misma manera que lo ha hecho con su vida, especialmente al recorrer buena parte de Europa como Grecia, Italia e Inglaterra, viviendo de trabajos que pintaba y vendía como obras de forma independiente, dejándome como reflexión que de estas experiencias es de donde puede comparar fácilmente las tramas desde una óptica diferente, aspecto que le ha sido muy criticado, tildando lo de pequeño burgués y falso revolucionario; también es poco tradicional que sea aficionado a la tauromaquia, algo que descubrió hace poco verdaderamente para definirlo como “un arte”, afición que analógicamente representa a diario con su máquina de escribir descontinuada como capote, sus palabras como banderillas y sus columnas como estucadas, logrando producir un promedio de 20 cuartillas por semana para diversos medios, con las que ha intentado cortar al menos una oreja, a los que le mienten al país, a los corruptos y al poder.
Tener la capacidad de dilucidar y crear ejemplos tales como el que empleó para cuando el presidente Uribe empleó la palabra Hecatombe, de la cuál, le otorgaron la portada y el espacial para la revista Semana, para la cual escribe actualmente, escribiendo “La palabra hecatombe suena exagerada y rebuscada, parece sin embargo apropiada en boca de un ganadero: es el sacrificio propiciatorio de 100 bueyes bien cebados en honor de los dioses. O sea, traducido a términos locales, hecatombear consiste en mandar matar un par de terneras y ponerlas a asar ensartadas a la llanera en vísperas de elecciones para que los peones de la finca vayan a votar como toca. Hecatombe es una palabra que huele a campo, en boca de un finquero. Y también suena natural, precisamente por su exageración apocalíptica, en boca de un político que se siente señalado por la providencia para la salvación de su pueblo, proponiendo como términos únicos de la alternativa ese "yo o el caos" que lleva implícita la amenaza del caos en el caso de que lo escogido no sea el yo. Una palabra que huele a miedo. Así que se oye bien en los labios del presidente Álvaro Uribe, que es un ganadero mesiánico, un Mesías rural”. Dejándome parcialmente sin aliento.
La costumbre de escribir a diario y hacerlo con la mentalidad de que “es mejor escribirlo que decirlo”, es una técnica bien aplicada por este autor, dotes que quisiera haber adquirido fácilmente cobijado por una capacidad económica que me lo permitiera en el sentido de que no me tuviera que preocupar por si voy a ser un profesional o no, por si tengo que trabajar para mantener a mi familia o para salir de la crisis, de manera que luego de intentar culminar Derecho entre Bogotá y París, decidió acabar Ciencias Políticas y reforzar sus conocimientos para aplicarlos en pro de cuestionar el sistema de gobierno, retorciendo cráneos de personajes públicos e instituciones que quedan al descubierto con sus argumentos aparentemente intrincados y sin estructura, pero que me asombra cada vez más con lo que dice y como lo dice, con un lenguaje diferente, con el propósito base de un trabajo periodístico auténtico, que invita a revisar mejor nuestra historia y pasado para “aplicar medidas a la causa, no al síntoma”; de manera pues que como estudiante, adolescente en el oficio de la escritura, acudo siempre al ejercicio de encarnar en la persona de Antonio el escritor para tratar de aprender a manifestar inconformidad estructurada, para lograr lo que tal vez pueda ser algún día, el ejemplo moderno de lo que denominaba Kapuscinsky, como un oficio con estatus de “Caballero”.
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Bien atractivo. Solo habría que filtrarle algunas expresiones rebuscadas sin necesidad.
Personal, intenso, llamativo. Lo felicito.
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