César Jaramillo
Definiciones de opinión, en el sentido estricto del lenguaje, pueden ser halladas sin mayor esfuerzo a través de portales de la red, diversos documentos, y apreciaciones personales. Todas las anteriores, se caracterizan por concordar en puntos bastante precisos, que permiten perfilar el campo de estudio, para dar inicio a una disquisición adecuada y productiva.
Después de todo, de eso se trata. Sacar provecho de la razón y el debate, para presenciar los cambios que tan esquivos se han vuelto por estos lúgubres tiempos.
Dicho esto, puedo destacar que la interpretación de opinión que he logrado concretar, no es la holgada deducción que se presenta en diccionarios o libros de periodismo. Es más un resultado de todo lo que se me ha ofrecido en la academia, y de lo que ha sido guardado para la posteridad por gusto o curiosidad del portador.
Opinión es, de manera pragmática, una afirmación o postulado, con un fundamento argumental que le da peso. Se refiere a la pluralidad de la experiencia personal, y la perspectiva que se posea respecto a convergencias o divergencias del inusitado devenir. Por ende, no es sólo una premisa que se considera dogma sobre cualquier discusión, sino que por el contrario, es un punto de vista defendido por un sustento teórico alejado de eufemismos que sólo transformen el mensaje inicial. Como pude leer en algún Blog, una afirmación extraordinaria requiere explicaciones extraordinarias. Su influencia en los procesos sociales a largo o corto plazo, se evidencia en la importancia que posee para generar discusión y relación de ideas entre públicos indeterminados, pero presentes en el engranaje del acuerdo o la discrepancia.
Claro está, no sólo de esquemas vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca del Señor (Va por esa, chucho), y es preciso adherirme a la petición del curso. Si se recurre a un buscador, de esos que tanto se ponderan en la red, pues el hecho de localizar una descripción ecuánime que se adapte al proceso periodístico que se nos ha inculcado desde embrión, se convierte en labor enmarcada por lo estocástico de la misión.
Es posible encontrar puntos de vista respetables, expuestos nítidamente por Pensadores o escritores que centran su definición en términos tan precisos como acertados. Sin embargo, por ser un espacio tan libre y permisivo, da igualmente cabida a los que intentan desmembrar el término y defender sus ideas menospreciando la de los demás. Basta darse un breve recorrido para presenciar lo jocoso de la situación.
Recalco que no deseo remitirme a diccionarios que sólo proveen una terminología básica, no por lo elemental, sino por lo repetitivo. Supongo que ya algunos de mis compañeros han usado este recurso, y no es conveniente dar vueltas en lo mismo. Más bien, tomo un fragmento de un artículo publicado por la revista MAD, de la Universidad de Chile, Departamento de Antropología, donde Jorge Peña hace referencia al concepto de Opinión Pública analizado por Lemert. Cito:
“es una percepción impuesta por el perceptor sobre la información, respecto a actitudes ciudadanas hacia un tema, una personalidad, un candidato, una actividad o resultados que se debaten públicamente.
(..) es entonces un fenómeno subjetivo donde el perceptor o individuo hace uso de sus procesos perceptivos y atribucionales para tratar de formar una imagen del estado actual de la opinión pública o para procurar anticipar una reacción pública a una medida que se tenga en mente poner en práctica.”
Ahora bien, desde la apreciación sistemática de la política y el movimiento social, es probable que el papel de la opinión se encuentre en medio de un intrincado cambio de concepto y posición periodística. El imaginario colectivo que se recrea luego de un conflicto, hace parte de una trasformación concisa y de encuentros entre lenguaje y pensamiento. No es fortuito el ascenso de cierto individuo al poder, o el asesinato de periodistas que se pronuncian con denuncias o percepciones que incomodan a grupos de poder. Que los medios propician el que se degrade la razón, es indiscutible. Como diría El homenajeado y ya difunto Ryszard: “La verdad va de la mano con la impertinencia”.
La responsabilidad sobre lo que se opina va ligada a la censura que se experimenta en el ambiente comunicacional. Y es que el problema no radica en el que opina. Incluso su opinión, fuera de desligarse de su autor, debe ser vista como una actitud asumida, no como una marca de trascendencia o una perspectiva sentada. Si pienso, si discrepo o concuerdo, es por que recibo mi condición de animal que digiere sus experiencias y las transcribo al plano de la decisión. Si discuto es por que he aprendido a respetar y a apreciar la imagen que los demás tienen acerca de algo que comúnmente hemos descrito. De lo contrario, que mi silencio me represente, y no mi insensatez. De nuevo deseo citar al gran Kapuscinski: “Un periodista debe ser un hombre abierto a otros hombres, a otras razones y a otras culturas, tolerante y humanitario. No debería haber sitio en los medios para las personas que los utilizan para sembrar el odio y la hostilidad y para hacer propaganda”
Tiempos oscuros los que vive la opinión. Los que toman partido, se corrompen. Los que no lo hacen, son juzgados de Anacoretas. Trabajar en un medio es legalizar la sentencia y desligar la labor periodística de la democracia es semejante a servir bandeja sin fríjoles (Imposible ser más directo). No queda más camino que vender los ideales al mejor postor, y aunque éste sea un panorama bastante apocalíptico, es tan real como el control que nos apabulla. El cambio, si no se gesta desde ahora, desde el presente que nos ha correspondido, llegará por sus propios medios con magnitudes mastodónticas. Si la prensa, la radio, la televisión, incluso los medios tecnocráticos, no replantean su presencia en la cotidianidad y no dan coherencia a sus actos, nos enfrentaremos a la censura cuando reposemos en un cajón de ébano tallado, con incrustaciones y discurso incluido.
Un país, una nación, debe ser juzgada por el impacto social que maneja y por el tratamiento que da a los procesos de incursión y participación, la integración entre el hombre y su comunidad. La autora Alemana Noelle-Neumann, luego de auscultar en la teoría ético política de Habermas y en la “Miopía” democrática de Sartori, concluye que es indispensable identificar cómo se forma la opinión pública en el marco de una sociedad que castiga a los individuos que no piensan como la mayoría. El supuesto de fondo es que las personas suelen reaccionar ante el conjunto del que forman parte, lo cual indica que es probable que teniendo que decidir dónde ubicarse respecto a un problema de importancia pública, muchas personas no se basen en su propia opinión sino en sus propias lealtades sociales para decidir.
Lo más importante, sin lugar a dudas, es ser conciente de lo que se afirma. Sin argumentos, es imposible debatir, y si no se debate, sólo se puede esperar en silencio una dictadura que componga el paseo. Cuando las bases son sólidas, el edificio que representa nuestro emplazamiento puede ser el baluarte de otros que sigan postulando su criterio, sin dar cabida al capital que amansa o al arma que silencia. No se es libre si esa libertad no se usa, pero esta trae consigo una responsabilidad tan enorme como la oportunidad que concede. Sólo el tiempo nos puede acrisolar. Sin embargo, no podemos permitir que él decida el modo de hacerlo.
“El sol relucía en la arena y las olas del mar rompían caprichosamente. Un niño estaba sentado en la playa jugando con las conchas. Levantó la cabeza y, como si me conociera, me dijo: "Puedo comprarte con nada." Desde que hice este trato, jugando, soy libre.”
RABINDRANATH TAGORE
Monday, November 19, 2007
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