Monday, November 19, 2007

Del periodista y otros demonios

Cësar Jaramillo

A Pascual me lo encontré un martes en el Parque del Poblado.
Cualquiera diría que esa no es jornada para salir a tomarse una “Polas” o buscar mujerzuelas extraviadas, por que el mundo nictálope es más permisivo los viernes o los sábados. Poco importó y me embriagué en serio. Giraba la cabeza mientras mis piernas comenzaron a flaquear, por la cantidad de etanol que circulaba en el interior de mis estragadas venas. Busqué asiento provisional en un muro cubierto de rocío, debido a una tenue brizna que había envuelto la ciudad en horas de la tarde.

Estaba a mi lado y ni me enteré. Luego lo reconocí. En mi memoria se comenzó a dibujar su rostro y a relacionarlo con el sujeto que me acompañaba en el poderoso recodo nocturno. Siempre me han gustado los parques, y más si se encuentran ubicados entre la inmundicia de la doble moral. Él, muy probablemente, ni siquiera se percató de mi presencia. Sin embargo, debí haberle preguntado por la familia, por el trabajo o simplemente, ofrecerle un trago de ron. Si me lo recibe, no duermo en un mes.

Lo poco que he conocido del hombre me ha gustado de sobremanera. A pesar de ser una de las figuras más representativas del periodismo juvenil, no desprecia la ciudad ni la noche. No se oculta tras una columna portentosa ni se niega a su condición de ser humano, con sus perfidias y sus aciertos. Puede que lo diga por ser admirador, pero es muy significativo el que un personaje con un concepto tan progresista, decida tocar temas que pasan desapercibidos al ojo de la audiencia, y sean palpados desde el lado más escatimado por la sociedad: el lado vivencial. Sin ser un vanílocuo, describe los lugares y los habitantes con la parsimoniosa retórica del subjetivismo agradable. Nos hace pensar que todo tiene una historia y que cada historia nos compete a todos.

Hijo de esta vereda, nace en el año de 1972. Estudió la mayor parte de su vida en el colegio Los Benedictinos y terminó su secundaria en el Instituto Jorge Robledo. Posteriormente parte para Bogotá, donde obtiene el título de abogado en la Universidad de los Andes. En 1997 se presentó con otros autores en el libro “Lecturas y lectores del Quijote” del Fondo Editorial de la Biblioteca Pública Piloto. En 1999 la Editorial Universidad de Antioquia publicó “Pacientes Caligrafías”, Colección de poesía con la que obtuvo el Premio Departamental de Poesía de Antioquia y en 2002 la Editorial rabodeají publicó “Medias Tintas”, con cuentos y narraciones de varios autores jóvenes antioqueños.

Ha sido colaborador del periódico El Mundo. Columnista de los periódicos Vivir en El Poblado y El Colombiano. Desde 1999 es colaborador permanente de la revista de la Universidad de Antioquia y colaborador esporádico de diversas publicaciones como las revistas El Malpensante, Cromos, Soho y el periódico El Espectador. Desde el 2003 es columnista de la revista Cambio.

Su experiencia habla por él. Acerca la poesía a la condición de opinión, y eso es tan pragmático como positivo. En estilo agradable cuenta vidas, calles, rumbas y situaciones, apegándose al poder literario de la narración concisa. Como diría Flaubert: “La palabra humana es como un caldero cascado en el que tocamos melodías para hacer bailar a los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.”

Con su música han cantado las bestias y han estallado las estrellas.
Hace poco me enteré que, a petición de Luís Pérez, se le prohibió ser moderador en un debate político, debido a sus comentarios directos y argumentados sobre los diferentes candidatos a la alcaldía de Medellín. Envidia de la buena la que se me despertó. Ojalá más periodistas fueran retirados de sitios públicos, de encuentros políticos, incluso de los parques, por no copiar de nada, por enviar la oquedad democrática a comer pura y física mierda. Deberían ser vetados en todo medio Derechista o Izquierdista, por razonar y pensar sin caer en la objetividad hipócrita. Los deberían crucificar por cantarle la tabla a tanto sofista que sólo camufla el interés de los propietarios, para dejar una sensación de conformismo entre los anestesiados televidentes.

Ese sería el periodismo y esos sus representantes que nos harían sentir orgullosos de ser lo que somos: los que portan una antorcha que se está apagando lentamente, sin que haya quien se atreva a sacar una tea ardiendo de la fogata, corriendo el riesgo de quemar sus manos.

“Cuando un rostro llega a ocupar la cara de un billete,
es necesario que su figura haya sido manoseada en exceso
por eso que llaman La Historia”.
Rabodeají 5

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