Alejandra María Correa Quijano
Con certeza puedo decir que todas las columnas de Héctor Abad me gustan, claro está asuntos unas más que otras, pero en general, sus artículos son tratados de manera responsable, independiente y sensata. Su buena dosis de ironía y humor, hacen que sus escritos tomen un tinte ameno, pero no por ser ameno, pierda su forma crítica y argumentada con la que refiere asuntos difíciles de tratar, por ser éstos, de índole nacional e internacional. Pienso que es un escritor con licencia para tratar cualquier tema, sobre todo, cuando son de carácter político, literario, violación a los derechos humanos, trámites legales, y por su puesto a todo asunto que traspase los límites de la honradez a la mentira, de la vida a la muerte, del respeto al irrespeto. Por supuesto, no se podía esperar menos de este hombre, quien recibió con dedicación y convencimiento las enseñanzas de su padre –humanista y defensor de los derechos humanos- admirado y recordado por muchos.
Como persona, lo admiro por su delicadeza y sensibilidad para abordar temas como: el homosexualismo, el respeto por la mujer, y en general cualquier vulneración a los derechos fundamentales. Y en el ámbito profesional, por ser un maestro en el arte de escribir, pues genera en mí credibilidad y admiración por su forma acertada de argumentar con visión responsable y humanista.
Ahora bien, en sus artículos de opinión, de los meses de octubre y noviembre, aborda múltiples contenidos; por ejemplo, “El aroma del poder” es un artículo que referencia a Chávez como el alfa vecino, poderoso y seductor, que con sus coqueteos y ofertas consigue los halagos de miles de mujeres que sueñan disfrutar de las mieles del poder, y se envilecen ante el más mínimo ofrecimiento. Claro está, que me gustó la manera amena y sensible de preguntarse si será envidia la de H. Abad, por carecer de éstos gustos tan escasos en hombres que no tienen poder económico, pero que a mi parecer representan ese hombre escaso en el género masculino.
Otro artículo en el que rechaza la presencia constante de la muerte, como una forma de solucionar cualquier discordia o desacuerdo, lo explica con la palabra pasión; y hace referencia a esta palabra, su significado y raíz. Además, hace alusión a la pasión metafóricamente hablando, como una manera de sufrimiento y padecimiento en Colombia, puesto que la historia nos ha mostrado la manera de padecer en la guerra, en el amor, en la pobreza; hasta convertirse la palabra pasión en nuestro lema. Igualmente escudándose en la pasión que tienen por Colombia –país de patriotas- algunos columnistas y periodistas, desde los medios de comunicación celebran con cierto entusiasmo las bajas en la guerrilla o en el paramilitarismo como un triunfo estatal. ¿Será que la muerte se pasea feliz por este país del Corazón de Jesús, o será que el trofeo de los militares es la cabeza de Tirofijo o Marulanda? Si es así, no quiero vivir en un país apasionado por la guerra y la injusticia social. Es por ello que comparto la posición de H. Abad.
Que tal este otro asuntito que padecemos todos los colombianos. “El certificado del DAS”. Esto será pasión, necesidad, u otra forma de atraco que se inventó el gobierno. Que vergüenza que una persona que tiene derecho a emplearse dignamente, tenga que hacer una fila interminable, a pleno sol o al agua, para certificar que no es un delincuente. Cuando hay tantos delincuentes con tres y cuatro certificaciones falsas, con las que se pasean por éste y muchos países. Éste es el único país en el que sus habitantes tienen que declarar que no son delincuentes; acaso, dónde está la información secreta e inteligente que les brindan los sistemas informáticos. Acaso no tienen acceso a las bases de datos de instituciones y organizaciones públicas y privadas. O es que se les olvida que entidades como el DAS, la SIJIN, o la policía tienen potestad, y la misma Ley colombiana los autoriza para investigar en las bases de datos. Más bien, creo que es una disculpa para apropiarse de 28 millones de pesos diarios, sólo en la ciudad de Medellín. Por lo menos deberían inventarse una manera menos ofensiva para quedarse con el dinero de los colombianos.
Otro asunto que preocupa a H. Abad, es la fila que mensualmente tienen que hacer los jubilados de este país para reclamar el derecho que se ganaron, por haber trabajado más de la mitad de sus vidas. Y no es para más. Ahora bien, que les guste encontrarse con sus compañeros cada mes, es algo que eligen por gusto; pero que los obliguen a certificar su existencia por medio de un papel que expide un Notario, es vergonzoso. Acaso, no es suficiente con hacer unas largas filas al sol y al agua. No, además tiene que llevar un papel que compruebe que está vivo.
En cuanto a la escritura se refiere, habla de la necesidad del gerundio en muchos casos, puesto que, evitarlo en otros, cambia el sentido de lo que se quiere decir. Ejemplifica el asunto así: “En estos días el gobernador de Brasilia dictó una ordenanza mediante la cual "se prohíbe el uso del gerundio como disculpa para la falta de eficiencia". La prohibición, menos mal, no va dirigida a todos los ciudadanos de Brasilia, sino solamente a los funcionarios de la administración regional. Según el gobernador Arruda, los funcionarios se amparan en expresiones como "estamos trabajando en eso", "estamos preparando" o "estamos planeando", para postergar una respuesta concreta y en últimas no hacer nada”. De la misma manera, critíca a García Márquez, quien en una de sus entrevistas se atrevió a decir “debería prohibirse en todas las novelas del mundo el uso de los adverbios terminados en "mente". Asunto que rechazo en compañía de mi columnista, puesto que como dice “Esta ligereza ha sido una peste en las salas de redacción de los periódicos y entre los editores de las editoriales. Obsesionados con suprimir este tipo de adverbios, cada rato termina uno leyendo frases tan horribles como que "la señorita María miró a su novio de manera fija, mientras él le hablaba de manera lenta, y de manera abrupta caía la noche." En vez de este terror a unos adverbios útiles, cuyo riesgo de cacofonía existe solamente si se repiten mucho, estos correctores deberían volver a leer Cien años de soledad, y así verían que esta gran novela está llena de adverbios terminados en mente.
Tal vez la columna más reciente, que ha generado hasta demanda, es la que escribió el 13 de octubre, en la que se refiere al candidato Luis Pérez, y lo compara con la alcaldía de Sergio Fajardo. Desafortunadamente para Lupe -como lo llama-, no es positivo el artículo, más aún, cuando estamos a dos semanas de las elecciones a alcaldía. Digo desafortunado es artículo, por que Abad hace alusión a las antiguas formas de hacer política, en la que las faenas de contratos raros se campeaban por los pasillos de la alcaldía.
Posición que el columnista deja ver sin indiferencia ni temor, al referirse a Lupe como un candidato desacertado para la ciudad de Medellín. Asunto éste que también comparto, y al que le aplaudo por el estilo literario. Más que saber escribir, se necesita sensatez, claridad, responsabilidad y honradez para enfrentar un tema tan delicado, al que solamente se le enfrentaron dos columnistas: H, Abad y Pascual Gaviria. Gustándome más la manera de abordar ese artículo, el primero que el segundo.
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