Monday, November 19, 2007

Columnas de un día

Cësar Jaramillo

Por casualidades del destino, llegó a mis manos El Colombiano del 21 de Septiembre. De hecho, creo que me lo robé. Sin embargo, no considero que la manera como fue adquirido sea de relevancia para este breve recuento.

En primera página se destacaba el supuesto atentado que se estaba maquinando contra el Presidente Álvaro Uribe en Pradera o en Florida, así como los desastres causados por el invierno en ciertos sectores de La Ciudad. Todo lo anterior acompañado de Imágenes a color, de precisión indiscutible, que siempre causan en el lector, comprador o ladrón de prensa, una sensación programada de impacto y expectativa. Ahora que recuerdo, y si mi memoria no es tan inexacta como mis palabras, lo que más llamó mi atención fue la compra de la Clínica León XIII por parte de la Universidad de Antioquia. Quién lo diría. No lo vimos venir.

La Editorial, por su parte, otorgó especial énfasis a la feria Medemed, concediéndole epítetos halagadores y brindando una detallada explicación de los eventos que ofrecía el encuentro. Hasta aquí, todo marchando.

Sin embargo, cuando le di un pueril vistazo a las diferentes columnas de opinión, me sentí de forma explícita, atraído por las palabras que allí se presentaban. Me refiero al hecho de haber encontrado razonamientos que compaginan con reflexiones ya formuladas por mi propia experiencia de los sucesos recientes.

Esto es algo inusitado. Lo digo por que (sin demeritar el periodismo de nuestra patria madre), casi siempre me estrello con análisis banales sobre asuntos que no importan ni al medio ni al lector. Es agradable poder hacer una distinción.

Ahora bien, como ha sido imposible encontrar las columnas en la Web, pues fue necesario transcribir los apartes más concretos (A juicio del Alumno) con la escueta velocidad de notario impotente, que me ha vilipendiado ante mis antiguas ex novias. Aclaro, velocidad a la hora de digitar textos.

Una prueba más de que no existe el crimen perfecto.

Título: Otra mirada a las obras públicas.
Por Carlos Felipe Londoño Álvarez, Rector EIA.

“Además, con pocas excepciones, los procesos de contratación de una obra pública en todas sus fases son muy deficientes y, a pesar de algunas buenas intenciones, estas son aisladas y no trascienden. Así, por ejemplo, los pliegos de condiciones no reflejan la situación real de cada obra; los plazos establecidos son muy cortos, distantes de la realidad y se fijan más con criterio político que técnico; y los presupuestos oficiales son muy bajos y no corresponden a las altas exigencias establecidas en los contratos, entre otros aspectos.”

“Ninguno de los actores es ajeno a la responsabilidad, pero son las entidades del estado quienes tienen la punta del cordel para empezar a desatar el nudo.”
Una manera técnica y limpia para acercarse al fenómeno de la contratación pública y los efectos que conlleva dentro de las dinámicas sociales. Actualmente, el caso más concreto es el de las pirámides de la Avenida Oriental, cosa que a mi parecer, no debe ser estudiada como un despilfarro de dinero o un error de la actual administración. Es, por el contrario, una prueba fehaciente de lo ignorante que puede llegar a significar un prejuicio parcializado. No estamos acostumbrados a pasar por las esquinas, por que no hay tiempo dadas las circunstancias, o la caminada hasta el semáforo es muy tediosa. Correr el riesgo de ser atropellado no es asunto que nos preocupe en lo más mínimo por una estúpida convicción de que somos algo semejantes a los inmortales. Nos refugiamos en críticas contra el pobre de Fajardo, y lo acusamos de improvisación para convertirnos en inquisidores y jueces de ojo.

Otro tema salpicado por comentarios dispersos y escasamente discutido con fundamentos sólidos.

Pero bueno, el artículo destaca el proceso como tal, y sus deficiencias. Apreciable Opción para enterar un poco a los lectores acerca de algo que, a pesar de ser tangible, también es poco comentado y analizado a la luz de hechos concisos y una seria disertación. Hace falta la voz de un experto para dar credibilidad a una columna.

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Título: La Meca de nosotros.
Por Adriana Mejía.

“Para bien o para mal la condición de ciudad capital se nota, aquí y en dondequiera que el dedo caiga sobre el mapamundi. Sin embargo, no puede ser la explicación que justifique el chocante narcisismo de Bogotá. Hay países que han implementado sistemas de desarrollo que les permiten tener varias ciudades referentes, con más de una capital, inclusive. Pero Colombia, desafortunadamente, no aprende de ellos. Es tal el centralismo, que no tener encuentros frecuentes y cercanos con Bogotá, es no estar en nada. No por snobismo, por imperiosa necesidad. A los que vivimos en lugares diferentes se nos presentan vueltas urgentes de variada índole que no pueden hacerse sino en Bogotá. Por razones de este calibre: Allá está el gobierno central y todas sus dependencias; los burócratas ni siquiera pasan al teléfono y, menos aún, se molestan en devolver llamadas; es común encontrar Bogoteños (?) que creen que Colombia termina donde termina la sabana; acudir a tramitadores profesionales cuesta igual o más que el puente aéreo. Por que así lo hemos permitido, por que esta es Colombia, señoras y señores. La que suelen ignorar los medios internacionales e ignora, a su vez, los temas internacionales.”

Esto se me había ocurrido tiempo atrás. No es que yo tenga algo contra la capital, pero es indiscutible el que se le haya dado un papel que fuera de ser centralista, es excluyente. Se le atribuyen poderes sobrenaturales y algunos Monarcas y Señores feudales nos hacen pensar que esa ciudad tan enorme para el campirano promedio (como yo), viene siendo un Berlín entre Chocontá y Soacha. Los modelos europeos, como tal, aplicados a la nada y reservados para el mejor postor, no se constituyen como solución sino como problema a largo plazo. Tampoco tengo nada contra esos modelos vanguardistas (aunque sí me caen mal la gran mayoría de los europeos por ególatras), pero el caer en un espacio histórico donde la ciudad colonial domina sus latifundios, es retroceder más y más, si es posible en nuestro caso. Para qué negarlo, aquí avanzar y reversar es apreciar redundancias poco etéreas.

Claro está. Lo que se intenta destacar es el avance científico, social, económico y cultural que ofrecen otras ciudades del país a las que no se les mira con el mismo lente y se les degrada por situaciones aisladas, o por un nepotismo clasista que nos sumerge en el pasado al que tanto huimos.

Muy práctico el tocar esta clase de temas sin dejarse llevar por regionalismos poco agradables o por un simple desprecio por la clase adinerada que reside en la fortaleza capitalina.

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Título: Esta vida y la otra.
Por Manuel Guzmán Hennessey.

“El desinterés de los más jóvenes por la función pública esta justificado por las costumbres de los funcionarios. Y por su manera desfachatada de engatusar ingenuos, ignorantes o simplemente idiotas. La democracia que así reconstruye está condenada a aumentar sus niveles de deterioro, y los partidos políticos progresistas, que en el pasado concitaban la participación de los jóvenes, hoy no conmueven ni a jóvenes ni a viejos, pues ellos también han sido responsables de un declive moral que, poco a poco, ha ido convirtiendo la excelsa condición de servir a los demás, en poco menos que oficio de truhanes.”

El que en nuestra patria reine por encima de la democracia, la indiferencia, es culpa de todos los implicados. No podemos despotricar de todos los elegantes y respetables caballeros que han pasado por el poder. Ellos, por ser hijos de trabajadoras sexuales, se han dedicado a vender el país a cambio de una noche de placer con presidentes de naciones lejanas. Espero dispensen mi sarcasmo y estilo prosaico, pero vasta observar el plan de gobierno de Samper y los posteriores resultados, para darse cuenta que ese sujeto sufre alguna parafilia o consume drogas.

Sin embargo, semejante precedente sumado a la pasividad del pueblo, nos lleva a ser testigos de los cambios sin estar participando de ellos. Si los niños son el futuro de Colombia, estamos muertos. La educación política se limita a una sarta de sonsonetes que no dejan nada. Mucho menos puede ser base para la formulación de crítica democrática o de opinión pluralista.

La política es un legado tan importante como la rueda o la imprenta, aunque ahora se suma en la corrupción que sólo genera menosprecio por culpa del opresor y del oprimido. Ambas actitudes son punibles.

Muy buena apreciación la de Guzmán Hennessey. Ecuánime y tajante. No se centra en la situación del país desde los acercamientos entre gobierno y grupos al margen de la ley, o lo putrefacta que está la imagen del ejecutivo, sino que va directo al problema, a la causa de la deformación ética que se puede corroborar a la luz de los procesos políticos, y lo que estos representan para un estado de derecho.

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Título: Entre ira y vergüenza.
Por Hernán Mira Fernández.

“-Nosotros aceptamos lo que pasó-, fue la respuesta de movimientos y partidos políticos cuando les preguntaron por el aval que le dieron a los trece senadores y representantes, y al gobernador del Cesar, Hernando Molina, que hoy están detenidos por su abierta alianza con los paramilitares para llegar al poder y, una vez ahí, utilizarlo para su beneficio personal y el de quienes los patrocinaron, que no son otros distintos a los que han asumido esta pobre patria en una bien larga noche de barbarie.”

“(…) Pero en ninguno de los casos, que se sepa, públicamente estos siniestros personajes se han mostrado avergonzados ante el país, a pesar del gran daño que hicieron a la democracia.”

“Históricamente, los partidos políticos colombianos han sito también desvergonzados y muchos lo siguen siendo, a pesar de algunos esfuerzos aislados que merecen mejor suerte. Aquí, muy desgraciadamente, se perdió la capacidad del asombro y por lo tanto de indignación, uno de los sentimientos morales más importantes. Reservamos el asombro para aplaudir al presidente montando un caballo fino sin que se le derrame el tinto caliente, esas sí son pruebas. Si se quiere de verdad poner en su sitio de honor la ética pública, tenemos que volver al pasmo ante actitudes que violan y atropellan los derechos humanos, civiles, e incrementan la corrupción, que empobrece un país de pobreza.”

Muy cierto. La justicia no puede ser esperada entre mentalidades que se conforman con un ramo de flores y unos chocolates. Si la actitud es siempre la misma, no podemos dar mucha fe a nuestra propia indignación ante los atropellos que se evidencian cotidianamente. Cuando el perdón depende de lo convincente que sea el sindicado, entonces la reparación se queda en lo convincente que puede llegar a ser una segunda vez.

Es un buen momento, dados lo sucesos, para replantear un sistema que se basa en castigar a los que no poseen ni poder militar ni palabras para conmover.

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Título: Moravia.
Por Pascual Gaviria.

“Los dos morros bajos, separados por un arrume de laberintos y una quebrada, hacen parte de un extraño recodo, una pequeña anomalía geográfica que rompe las líneas calculadas que intentan las ciudades. Un nudo visto entre los hilos de cotas y calles que entregan los mapas.”

“Muy pronto Moravia se convirtió en un embudo interesante, una fortaleza que daba vueltas sobre sí misma, amurallada por basuras como ciertas ciudadelas imaginarias de Calvino. Allí estaban, un poco desarregladas, un poco raídas, todas las promesas y todas las desdichas de la ciudad.”

“Pero eso no la hacía menos atractiva: Moravia seguía siendo un extraño tesoro. Los lotes podridos y los ranchos inclinados se anhelaban, aparecían en los sueños, se disputaban con ofertas o extorsiones. La Bombay de Naipaul nos sirve de nuevo para apreciar el valor de los ranchos que compadecemos a la distancia.”

“No fue fácil. Toda tierra resulta entrañable después de unos años. Y Moravia tenía la ventaja de ser un pequeño reino autosuficiente. Peligroso, sucio, atiborrado…pero tan acogedor como las opciones únicas. Quienes ya están viviendo en La Huerta, en la montaña al occidente, miran su morro viejo con nostalgia, buscan el bus que los lleva hasta la orilla del antiguo basurero, visitan a sus vecinos y cuentan sus historias como si vivieran en un país lejano. Se podría hablar de un exilio feliz. Unos banderines de lata en lo alto del morro de basuras, donde antes estaban los ranchos, sirven de estandarte a la antigua fortaleza.”

¿No se los dije? Este sujeto es un prodigio. Que estilo, que poética, que expresiones tan acordes, mejor dicho, que garbo literario. Al momento de abordar el tema de Moravia, los escritores se refugian en términos despectivos y acomodados, sin pensar la ciudad como un escenario que muta y se transforma en pro de una funcionalidad improvisada. Pascual, por el contrario, nos dibuja un espacio, su gente, y las experiencias cariñosas de los que, en ese arrume de basura, dejaron mucho más que casuchas de cartón y calles laberínticas.

Por eso escogí este artículo. Plasma un trance de Medellín que pasa desapercibido, excepto cuando se siente el olor petrificante desde el metro. Nos reconcilia con los sentimientos de cuadra, y crea, desde ese referente artístico, la opinión pragmática. No sólo hay que ver, a la hora de juzgar las obras de un alcalde, las construcciones majestuosas o las esuelas que ha reconstruido. Es preciso, al mismo tiempo, reseñar la deuda social que se ha empezado a pagar por cuotas, sobre todo esta, la más bochornosa de nuestra historia.

Este es el resultado de lo que somos. Abandonamos el “Kitsch” a su suerte, porque no intentamos enfrentar el recodo macabro de nuestra propia existencia. Luego exigimos que la ciudad sea diferente, perfecta, sin barrios de desplazados y sin ríos contaminados. El precio de la displicencia, es la explosión de toda la basura moral que hemos ocultado.

Definitivamente, es difícil encontrar un periodista que posea la capacidad de alear fastuosamente las letras apropiadas, con la idea de un mundo circundado por escombros y experiencias que se escriben con el pecado de la ciudad, y la reconciliación de los actores ante una obra que ellos mismos han elegido interpretar.

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